Capítulo 6: La verdad que duele

Parecía que habían encontrado rastros de mí. Sus hombros tensos se relajaron.

—Jefe, no hay ninguna actividad financiera o información sobre la señorita Raquel en los últimos tres días.

El cuerpo de Jaime se quedó rígido. Se congeló un instante, y una sensación de inquietud lo invadió. Preguntó rápidamente:

—¡Imposible! ¿Cómo puede no haber gastado dinero en tres días?

—¿Estás siendo flojo y no lo buscas bien? ¿Me informas tan rápido?

—¡Sigue buscando a fondo!

Jaime rugió como un león enfurecido, sus gritos llenando el salón.

Después de un largo silencio, la voz del teléfono respondió:

—Jefe, la señorita Raquel no tiene cuentas personales. Todas sus cuentas bancarias han estado vacías por mucho tiempo.

—Incluyendo todas las propiedades a su nombre… fueron donadas a la empresa en la crisis.

De repente, Jaime sintió que se le paró el corazón. El teléfono se le escapó y cayó al suelo con un ruido.

Cuando volvió en sí, las lágrimas corrían por su rostro habitualemente impertérrito.

¿Cómo podía haber olvidado?

Mi dinero había sido invertido en la empresa durante su momento crítico, ayudándolo a salir adelante.

Había estado tan enojado que asumió que había huido con el dinero.

Al darse cuenta, Jaime sintió un dolor insoportable.

El repentino dolor en su pecho aumentó su inquietud.

Liliana volvió a hacer el espectáculo y recogió el teléfono, devolviéndoselo.

Los dedos de Jaime temblaron al aferrar el teléfono.